Orador, de Martin Ley Ussing

Acabo de terminar de escuchar una estupenda charla en el Campus Sanofi sobre presentaciones impartida por Paco Baldoví, además de aprender y tomar nota para incorporarla a algunas de mis ponencias, me ha hecho reflexionar. En general, se habla mucho de inteligencia emocional, de gestionar sentimientos, de controlar, de manejar las emociones;  y curiosamente es en las ponencias, charlas, cursos, cursillos, formaciones y demás donde echo en falta una absoluta práctica de la misma.

Me falta pasión, (escrito así parece otra cosa…) quiero decir que no encuentro pasión en las presentaciones, en los cursos, en las charlas… Si quisiera leer un libro o que alguien me dictase un power point me quedaría en casa. El gap de la formación presencial, de la formación cara a cara, e  incluso de la formación on-line si se quiere, es la ausencia de pasión, de convencimiento, de entrega por lo que se está contando.  Los que nos dedicamos a esto, sabemos que más importante que lo que se cuenta es cómo se cuenta, el tono, la voz, la entonación, las pausas, los movimientos, el lenguaje no verbal…

Con todo esto, no digo que se haya de ser un showman o sí, quizá la diferencia estriba entre ser un showman, o mejor dicho un actor que se cree su papel y que lo resuelve con solvencia, que ser un showman al estilo telepredicador, al estilo tele-tienda…(haberlos haylos).  La formación o los formadores no dejamos de ser meros actores que en lugar de transmitir e interpretar un papel, transmitimos e interpretamos conocimientos.

Hay que buscar esa pasión, buscar aquello que podemos transmitir y que nos emociona. Cambiar el ritmo, dominar el espacio, adaptarse al público, en definitiva, la clave no es sólo saber de lo se habla sino emocionar y provocar ganas de saber en aquellos que te escuchan. Ya no sólo se ha de trabajar la parte técnica (que esto también da para mucho que hablar) sino de trabajar la parte emocional, la parte del aprender a contar, la parte de emocionar y alentar al auditorio, la parte de hacer pensar.

Vuelvo como siempre a mi cita clásica de El Secreto de sus Ojos (si supiera Campanella lo que ha dado de sí) “Todo el mundo tiene un pasión, sólo hay que encontrarla”

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