En estos tiempos que corren, una de las cuestiones más repetidas y más evaluadas dentro de los conceptos que conforman la gestión de personas (mal llamada RR.HH. nótese la ironía) es cómo combatir el absentismo involuntario.

Sabemos que es muy fácil medir el absentismo por el número de días que un trabajador o trabajadores se ausenta de su puesto de trabajo.

También se pueden determinar las causas de  dicho absentismo bien debido a problemas médicos o problemas llamémosles de índole doméstico-personal, esto podríamos denominarlo absentismo voluntario, es decir, conocemos en el primero de los casos (citas ya programas) por qué va a ausentarse la persona, pero es éste el tema de que quiero hablaros.

¿Pero qué pasa con el absentismo presencial?

En algún momento de nuestra vida profesional/laboral todos hemos sufrido momentos de desconexión y hemos sido absentistas presenciales. Nuestro puesto de trabajo estaba ocupado tal y como dictaba nuestro contrato, pero nuestra mente y concentración en las tareas encomendadas estaba a mil años luz o simplemente estábamos tan aburridos y poco motivados que “calentábamos la silla”.

Existen múltiples maneras de controlar este tipo de absentismo.


  • Definición de objetivos y no de horarios. Se trata de que las personas hagan su trabajo no de estar pegados a una silla.

  • Acceso a internet sin restricciones. Todo lo prohibido genera la situación contraria

  • Redefinición de los puestos de trabajo con el trabajador. A veces son los propios empleados lo que pueden enriquecer y redefinir su propio puesto aportando más valor a la empresa y consiguiendo mayor motivación para ellos.

  • Cuantificar el rendimiento y no el número de horas. De nada vale trabajar cuarenta horas si podíamos haber hecho el trabajo en mucho menor tiempo.

  • Fomentar la confianza de la empresa en el trabajador sin tener que exigir justificantes y comprobantes de sus ausencias.

¿Se os ocurre algo más?

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