Teletrabajad, teletrabajad, malditos.

Teletrabajad, teletrabajad, malditos (conforme lo escribía resonaba en mi cabeza la voz de Guille, el hermano de Mafalda, la voz que yo le pongo). Prosigo, parafraseando, o más bien, versionando la famosa película: “Danzad, danzad, malditos”.

Es lo que resume esto dos meses de tropecientos mil artículos sobre teletrabajo y cómo hemos convertido un término, que ya era antiguo, en algo cool. Haz la prueba, en cuántas ocasiones en estos días has oído: yo teletrabajo, como paradigma del nuevo estatus trabajador. De sanatorio, os lo digo ya (compañer@s psicólogos abran sus consultas, estamos por fin de enhorabuena).

¿Por qué esta película se asemeja a nuestra situación? Por muchas razones, la situación compleja (época de la Gran Depresión Americana), la necesidad de algo mejor (premio) y la extenuación de los cuerpos y las mentes ante tamaña aberración. Esto es lo que estamos haciendo con la visión errónea del teletrabajo y te explicaré por qué, por si alguien no lo había explicado ya, os cuento mi versión.

No es que quiera ser la conciencia de nadie, ni la más lista del lugar, pero cuando desde hace más de 10 años teletrabajas, algunas cuestiones te provocan “malestar gastrointestinal” de lo más profundo. Y no, no voy a enumerar qué es y que no es teletrabajo. Te diré que ni es oro todo lo que reluce, ni ha venido para quedarse (tampoco, ha venido para quedarse ese cambio de mentalidad y cuidar del otro, cuando dos meses después de una situación así, ya andamos a tortas y tirando las mascarillas por cualquier lado, haced el favor).

El teletrabajo no es sólo un ordenador, unos cascos y conexión a internet, es una forma de trabajar. Una forma de trabajar en la que de la necesidad hemos hecho virtud, pero que tenemos que regular, y en muchos casos, no imponer sino complementar, mejor dicho conciliar, porque es algo que se nos está olvidando.

No funciona con trabajar non stop (seguimos pensando en términos de cantidad), con no tener un horario (flexibilidad le llaman, y todavía se están riendo); si no tienes un espacio para ti (por aquello de la igualdad, de que todo el mundo no tiene un despacho “modo IKEA” con plantitas), si tus hij@s están en casa (porque la concentración disminuye, y no hablamos de personas dependientes a cargo, mucho más complejo), si sólo interactúas a través de una pantalla (somos animales sociales y la pantalla da calorcito pero no del bueno), si no te dotan de medios, (por aquello de que en las casas no son una Apple Store y disponemos de 3 o 4 dispositivos, ay, aquello de la brecha digital), si no hay una alfabetización digital previa….

Al final, convertimos el presentismo en presentismo digital, no aprendemos, lo medimos todo en términos de cantidad y no de calidad y de la productividad ya no hablamos, donde repetimos que teletrabajando somos más productivo y podría yo contarte de días donde la concentración se fue de paseo por largo tiempo…

Quería hablar del teletrabajo y me ha salido este post. No creo en el teletrabajo a jornada completa, salvo por situaciones excepcionales, creo en el trabajo por objetivos, unos horarios más racionales, políticas reales de conciliación, una ley que regule desconexión digital y creo en las “RIP” (relaciones interpersonales presenciales) como base para un trabajo menos deshumanizador.

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